El cuerpo como territorio poético entre la danza y el espíritu
Hay trayectorias que no solo se recorren: se encarnan. La de Silvia Lezcano (Argentina, 1975) es una de ellas. Con más de tres décadas de experiencia en la escena y la docencia, su obra se sitúa en ese cruce fértil donde la danza, el teatro físico y la filosofía del movimiento dialogan con una intensidad poco frecuente.










Desde muy temprana edad, el destino parecía estar trazado. A los cinco años inició su formación en danza clásica y, apenas cuatro años más tarde, asumía su primer protagónico. Ese gesto inaugural —tan temprano como decisivo— no solo marcó una vocación, sino también una certeza: el cuerpo sería su lenguaje.
A los 18 años, Lezcano dejó su tierra natal para instalarse en Buenos Aires, donde se formó en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), semillero de grandes artistas argentinos. Allí, junto a diversos maestros de la danza contemporánea y el teatro físico, consolidó una base técnica sólida que rápidamente se expandió hacia nuevas búsquedas. En paralelo, fundó su primer estudio de danza, iniciando una labor pedagógica que desde entonces acompaña —y potencia— su recorrido artístico.
Su carrera como intérprete la llevó a recorrer América Latina: Brasil, Costa Rica y México fueron territorios de intercambio y exploración. Pero sería en 2002 cuando su viaje tomaría un nuevo impulso: España se convirtió en su lugar de residencia y Barcelona en el epicentro de su expansión creativa. Allí, Lezcano profundizó su formación, desarrolló su lenguaje escénico y consolidó una presencia activa tanto en los escenarios como en el ámbito formativo.
Uno de los rasgos distintivos de su obra es la integración orgánica de disciplinas. Su lenguaje coreográfico combina técnicas contemporáneas —de raíz americana y europea— con elementos del tango, las danzas orientales y el teatro físico. El resultado es un movimiento cargado de sentido, atravesado por una poética que rehúye las convenciones y propone una experiencia estética profundamente personal.
Pero hay otro eje fundamental en su trayectoria: el yoga. Desde 1998, Lezcano sostiene una práctica rigurosa y constante, acompañada por maestros que han nutrido su comprensión de esta disciplina. Lejos de tratarse de un complemento, el yoga se vuelve en su obra una matriz filosófica desde la cual pensar el cuerpo, la escena y la transmisión. Durante casi tres décadas, esta práctica ha permeado sus creaciones, dotándolas de una dimensión introspectiva que trasciende lo meramente físico.
Esa síntesis entre arte y espiritualidad se traduce en piezas escénicas donde el movimiento no es solo forma, sino también pensamiento. Cada creación funciona como un dispositivo sensible que interpela tanto al intérprete como al espectador, generando un diálogo que excede el plano estético para instalarse en el terreno de lo vivencial.
Su recorrido internacional es vasto y diverso. Lezcano ha llevado su arte a escenarios de América, Europa y Asia, destacándose presentaciones en espacios emblemáticos como la Ópera Garnier y la Torre Eiffel en París, el Teatro General San Martín en Buenos Aires, el Teatro Nacional de Costa Rica, el Teatro Grec y el Liceu en Barcelona, el Museo Guggenheim de Bilbao, el Mercat de les Flors y el Teatro Nacional de Catalunya, entre muchos otros. Cada uno de estos espacios ha sido testigo de una propuesta que, lejos de adaptarse, se afirma en su singularidad.
En el ámbito del tango, su trabajo también ha sido significativo. Junto a Orlando “Coco” Díaz, ha desarrollado una intensa labor como docente y difusora del tango argentino en Europa. Durante cuatro años, participó como embajadora cultural en la Embajada Argentina en París, donde además fue coorganizadora, artista, maestra y jurado del Mundial de Tango en esa ciudad. Asimismo, es cofundadora del Festival Internacional de Tango Costa Brava-Sant Feliu de Guíxols y ha creado espectáculos como Ensueño Tango y BCN Capital Tango, donde el género se resignifica desde una mirada contemporánea.
Su vocación pedagógica encuentra hoy un espacio concreto en “Yoga Indra”, la casa de yoga y arte que cofundó en Barcelona y que funciona como un punto de encuentro entre disciplinas, saberes y sensibilidades. Allí, Lezcano continúa formando artistas y acompañando procesos, reafirmando su compromiso con la transmisión como parte esencial del quehacer artístico.
Actualmente, la artista colabora con Giovanni Corral en proyectos vinculados al tango y, en paralelo, se encuentra desarrollando un unipersonal de danza contemporánea en co-creación con Gabily Anadón. Este nuevo trabajo promete condensar las múltiples capas de su recorrido: la técnica, la experiencia, la búsqueda espiritual y, sobre todo, esa poética del cuerpo que ha sabido construir a lo largo de los años.
En tiempos donde la velocidad muchas veces atenta contra la profundidad, la obra de Silvia Lezcano se presenta como un gesto de resistencia. Un recordatorio de que el arte —cuando es verdadero— no solo se mira: se habita.







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