el cuerpo como territorio de pensamiento y rebelión
En el vasto y heterogéneo mapa de la danza contemporánea argentina, Carla Di Grazia aparece como una figura singular: intérprete, coreógrafa, performer, docente e investigadora escénica que ha construido una trayectoria atravesada por la experimentación, la escena independiente y una profunda reflexión sobre el cuerpo como campo de conocimiento. Su trabajo, lejos de limitarse a la técnica, se despliega como una búsqueda constante donde el movimiento se vuelve pensamiento, política y poesía.



Nacida en Caseros en 1986 y formada desde muy temprana edad en la danza, Di Grazia pertenece a una generación de artistas que atravesó las transformaciones del lenguaje escénico en Argentina durante las últimas dos décadas. Su formación en la Escuela Nacional de Danzas Nº2 Jorge Donn, junto a seminarios con maestros nacionales e internacionales, sentó las bases de una carrera que pronto encontraría reconocimiento.
Uno de los momentos decisivos llegó en 2013, cuando obtuvo el premio a Mejor Intérprete Escénico en la Bienal de Arte Joven de la Ciudad de Buenos Aires por su trabajo en Moeraki, una pieza que también le valió una beca para el American Dance Festival (ADF) en 2014, una de las instituciones más prestigiosas del mundo en el ámbito de la danza contemporánea.
Pero si algo define la trayectoria de Di Grazia es su multiplicidad de roles y su capacidad de habitar la escena desde lugares diversos: intérprete, creadora, colaboradora coreográfica, directora escénica o entrenadora de actores.



Una artista de escena total
La lista de proyectos en los que participó da cuenta de un recorrido intenso dentro del ecosistema escénico argentino. Entre sus trabajos más destacados figuran obras como La Wagner, Bailarinas Incendiadas o Mi joven vida tiene un final, donde se desempeña como intérprete, coreógrafa o asistente coreográfica.
También formó parte de proyectos interdisciplinarios y experimentales junto a algunos de los creadores más radicales de la escena contemporánea. Su trabajo con el coreógrafo y director Pablo Rotemberg, por ejemplo, marcó profundamente su visión del arte escénico, especialmente en piezas performáticas como Lecture on Nothing.
A lo largo de su carrera ha participado en más de treinta producciones escénicas, entre ellas:
- Donn Warp (idea, coreografía y dirección)
- La Era del Cuero
- 65 sueños sobre Kafka
- Coreomanía – No puedo parar
- Documentos de Identidad
- Todos o ninguno
- Turbio
- Relato en fiel simetría
- Obrá
Cada una de estas experiencias forma parte de un entramado creativo que desborda los límites de la danza tradicional y se acerca a la performance, el teatro físico y la investigación del gesto.



Danza como pensamiento
En la práctica pedagógica de Carla Di Grazia aparece una idea central: la danza no es solo técnica, es una forma de pensamiento corporal.
En sus clases —a las que llama “Danza Dura”— la fuerza se redefine. No se trata de potencia muscular sino de una fuerza que emerge de la sensibilidad, del riesgo y de la conciencia del propio cuerpo.
“La técnica es un medio y no un fin”, sostiene la artista. Para ella, el objetivo de la enseñanza no es formar ejecutantes perfectos, sino intérpretes capaces de pensar la escena.
En ese sentido, su propuesta pedagógica se organiza como un espacio de investigación colectiva donde cada cuerpo se convierte en archivo: memoria de experiencias, deseos, frustraciones y pulsiones creativas.
La escena áulica, según Di Grazia, debe funcionar como un laboratorio.
“El aula es un templo, un lugar seguro para probar, fallar y volver a intentar.”
Allí el aprendizaje se construye a partir de preguntas más que de respuestas:
¿qué significa moverse?, ¿qué dice un cuerpo cuando danza?, ¿qué relación existe entre gesto, intención y política?


Influencias, rupturas y genealogías
En la formación artística de Carla Di Grazia conviven influencias diversas. Desde el ballet clásico hasta la danza contemporánea experimental, pasando por el cine, la filosofía y la performance.
Entre sus referencias aparecen nombres como:
- Pina Bausch, por su capacidad de convertir la fragilidad en potencia escénica.
- Rudolf Laban, cuyas ideas sobre la danza como “poesía de las acciones corporales” siguen resonando en su pensamiento.
- Bruce Lee, figura que la inspira por su capacidad de atravesar disciplinas y construir una expresión propia.
Pero quizás la influencia más profunda en su trayectoria proviene de sus encuentros con maestros que transformaron su mirada sobre la escena. Entre ellos destaca el coreógrafo Edgardo Mercado, cuya obra Plano Difuso fue, según la artista, “un relámpago que partió en dos todo lo que creía conocer sobre la danza”.
También ha sido fundamental su relación artística con Pablo Rotemberg, con quien trabaja desde hace más de una década y a quien reconoce como una de las figuras clave en su formación como intérprete.
El cuerpo como política
Para Di Grazia, el cuerpo nunca es neutral.
Cada gesto, cada movimiento, cada decisión escénica implica una postura frente al mundo. En ese sentido, su mirada sobre la danza se inscribe dentro de una tradición crítica que entiende el arte como una forma de pensamiento político.
“El arte es político”, afirma. “Cómo se da una clase, cómo se trata a las personas, cómo se ocupa el espacio con el cuerpo… todo eso genera sentidos.”
En sus clases y obras, esta dimensión política aparece ligada a la autonomía del intérprete y a la necesidad de cuestionar las estructuras rígidas de formación artística. Su objetivo no es formar cuerpos obedientes, sino cuerpos pensantes, expresivos y libres.


Nuevos territorios creativos
Actualmente Carla Di Grazia continúa expandiendo su práctica artística hacia otros lenguajes. Además de su trabajo escénico y pedagógico, participa como curadora artística de la fiesta Inminente, es cofundadora de California Klub y explora nuevas formas de creación desde las artes musicales electrónicas como DJ.
Este desplazamiento hacia la música electrónica no representa un abandono de la danza, sino una prolongación natural de su investigación sobre el ritmo, el cuerpo y la energía colectiva.
La pista de baile, como el escenario, se convierte en otro espacio donde el movimiento produce sentido.
Una danza que no se explica, se vive
En un mundo que insiste en explicar el arte, la obra y la pedagogía de Carla Di Grazia proponen lo contrario: experimentar antes que interpretar.
La crítica Susan Sontag escribió que el arte necesita menos hermenéutica y más erotismo, más contacto directo con la experiencia sensible. Algo de esa idea atraviesa el universo de esta artista argentina, para quien la danza es ante todo un estado primitivo, una pulsión vital.
Bailar, para Carla Di Grazia, es aceptar el riesgo.
Morir un poco para que algo nuevo aparezca.
Y quizás allí, en ese instante efímero donde el cuerpo se convierte en lenguaje, la danza encuentra su verdadera razón de ser.

